En un momento en el que el cine parece cada vez más acelerado y dependiente del impacto inmediato, hay creadores que buscan justo lo contrario: detenerse.

Uno de ellos es Alejandro Palacios, director alicantino y practicante budista, que lanzó este año ‘El meditador’, producido por Alicante Film School. Un cortometraje íntimo que propone una pausa en medio del ruido contemporáneo.

La idea del corto nació lejos de casa, en Aviñón, durante un viaje por Francia. Alejandro caminaba por las calles de la ciudad cuando se encontró con un artista callejero que fingía ser una estatua. Aquella figura inmóvil en mitad del tránsito le despertó una pregunta: ¿qué ocurre cuando una presencia quieta interrumpe el ritmo frenético de lo cotidiano? De esa pequeña revelación surgió el germen de ‘El meditador’, una obra que toma la quietud como motor narrativo y emocional.

Más allá de la anécdota, la obra está profundamente vinculada a la práctica personal del director que lleva años formándose en el budismo, con retiros en las ramas Sakya y Kagyu, y entiende la meditación como una herramienta para observar la mente, no para escapar de ella.

Ese aprendizaje impregna su obra, no como discurso didáctico, sino como un espacio compartido de exploración. “Mi obra no es una enseñanza —explica el director— sino un aprendizaje compartido. Yo no estoy capacitado para dar enseñanzas; solo para compartir lo que veo, leo, escucho y creo”.

Así es ‘El meditador’ de Alejandro Palacios

Esa honestidad define la esencia del corto. ‘El meditador’ no pretende iluminar al espectador ni ofrecer respuestas espirituales, sino abrir un hueco de silencio, un paréntesis donde cada uno pueda confrontar su propia relación con la quietud. Alejandro habla de hacer “cine que respira”: historias que no se dejan arrastrar por la urgencia narrativa, sino que se desarrollan al ritmo de la contemplación.

Este enfoque está empezando a tomar forma también en su proyecto más reciente: Seimei Studio, la productora que ha fundado para dar continuidad a su visión audiovisual. Desde allí, Alejandro aspira a unir arte visual y exploración interior, creando piezas que dialoguen con la estética del cine contemporáneo sin renunciar a una mirada espiritual propia. No se trata de hacer cine religioso, sino de encontrar en la cámara una herramienta para pensar más despacio.

En un mundo donde todo pide inmediatez, ‘El meditador’ recuerda la importancia del gesto inverso: detenerse. Puede parecer una propuesta pequeña, nacida de un instante en una calle francesa, pero en su aparente sencillez esconde algo que hoy resulta casi radical: la invitación a mirar, a escuchar, a respirar.

Y quizás, solo quizás, a reconocernos un poco más en esa quietud.