La exposición solar puede hacerte vivir más años, pero también puede provocar problemas de salud: todo depende de la precaución.
“¡Estás más morena! ¿Te has ido de vacaciones?” es una de las frases más repetidas todos los veranos. Y, por supuesto, no pasa desapercibido el tono de “así estás más guapa”. Son meses en los que descansamos, solemos tener menos estrés y nos cuidamos más.
Todo ello, unido a las horas en la piscina o el mar, hace que nos veamos mejor. Pero pasamos dos cosas por alto: no tiene por qué ser el moreno y no debería ser a cualquier precio.
Coco Chanel fue la primera
Aunque parezca que el bronceado siempre estuvo de moda, nada que ver. Todo empezó con Coco Chanel en los años 20 y 30 después de unas vacaciones en barco por la Costa Azul francesa. Se dejó de relacionar la tez dorada con el trabajo en el campo y empezó a ser un sinónimo de descanso y placer.
La contrapartida de ese color era el envejecimiento de la piel. Por ello, otros compañeros franceses empezaron a trabajar en aceites que evitasen las quemaduras y protegieran la piel. Fue a finales de la década, en 1938, cuando se compuso el primer fotoprotector solar moderno: Glaciar Cream. Y su origen está muy lejos de la playa. Lo inventó un estudiante de química, Franz Greiter, que se quemó escalando el monte Piz Buin.
De aquel producto ya queda poco, pero seguimos utilizando su calificación del factor de protección solar. Ahora vamos a cualquier tienda y encontramos botes para todos los gustos y colores. Desde los famosos azules y blancos, a nuevas marcas e incluso, nacionales. Di Oleo, gaditana, utiliza latas de aluminio para sus cremas solares. Protegiendo nuestro cuerpo y, a la vez, el mundo de fuera. Nezeni Cosmetics es otra empresa sevillana que ofrece protectores y filtros físicos naturales.
Tomar el sol nos da vida (y nos la quita)
La piel es la primera que da signos evidentes de que hemos estado fuera de la sombrilla, pero los efectos de los rayos UV van mucho más allá. El sol es casi tan importante como el agua para nuestro organismo. Además de regular el reloj biológico, tiene consecuencias en la salud mental. Si nos ponemos un poco más técnicos, estimula la producción de óxido nítrico. Este protege el corazón. También eleva los niveles de vitamina D, lo que hace que funcione mejor el sistema inmune. El resultado es que vivimos más y mejor.
Pero hace ya mucho tiempo que descubrimos la otra cara de la moneda. Además de ese envejecimiento por la degradación del colágeno que producen los rayos, el sol puede aumentar el daño oxidativo y dañar el ADN celular. Esto, fuera de lo estético, es muy preocupante y peligroso. Ahí es donde entra en juego la protección solar.

Una de las actividades favoritas del verano | Imagen: Le Clan
¿Qué tienen que ver las gafas de sol?
Aunque nos ha costado como sociedad, poco a poco hemos ido adquiriendo conciencia de estos peligros y cada vez metemos más cosas en la bolsa de la playa. Junto a la toalla, van los protectores solares, algún que otro sombrero o sombrilla y las gafas de sol. Estas nos protegen los ojos, pero cuidado porque llevarlas las 24 horas no es del todo bueno.
Las células de la retina tienen sensores que detectan la intensidad de la luz y activan las señales endocrinas y neurológicas en el cuerpo. Estos sensores influyen en la producción de melanina, el pigmento que protege nuestra piel frente a las quemaduras. La recomendación es que por la mañana y al atardecer, los ojos detecten con libertad el entorno.
Con la vuelta a la rutina, dejamos las cremas solares olvidadas entre el bañador y las chanclas. Pero es importante recordar que la protección solar pertenece a las cuatro estaciones. Proteger cara, manos y escote es seguir cuidándonos un poquito más, aunque ya no haya moreno.
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