Roberto Iniesta deja en la tierra un legado que trasciende generaciones y que cambió el rock español desde dentro.
“Tengo tantas cosas metafísicas que decir que me canso y decido no seguir hablando”. No son mis palabras, sino las del propio Robe en uno de sus últimos conciertos, el penúltimo en la capital. Tuvimos el honor de cubrirlo desde Why Not Magazine, porque verle en directo era lo más cercano a tocar el arte con las manos.
Recuerdo como si fuese ayer mirar a todas partes con las luces del escenario encendiéndose y encontrar a niños, padres e incluso abuelos sonriendo. Porque “el Robe” había vuelto y ya era hora, porque se le había echado mucho de menos. ¿Ahora qué? ¿Ahora qué vamos a hacer sin las cosas metafísicas que le quedaron por decir?
Se abren tantos interrogantes a los que él ya no podrá responder, que el consuelo de un país que hoy le llora a todas horas es la música. Su música. Porque el poder del arte, además de “salvarnos de una vida inerte, una vida triste y una mala muerte”, ha convertido al artista extremeño en inmortal. Deja tras de sí 30 años al frente de Extremoduro y otros seis años en solitario, que nunca solo. Una vida atada a la guitarra y a la poesía, porque lo que Robe hacía, solo lo saben hacer los genios.
Nos ha dejado demasiado rápido, aunque también es justo admitir que nunca hubiese sido suficiente. Pertenezco a la generación que ha visto Extremoduro más como un espejismo que como una realidad, pero que llegó a Roberto Iniesta a tiempo y no se hace una idea de lo que es la muerte: de que no vaya a haber nunca una próxima vez, un próximo concierto, un próximo disco. No habrá más palabras porque eran suyas y manejaba ese arte como nadie.
Hoy sí que “se ha roto la cadena que ataba el reloj a las horas”, tanto que el sol no ha querido salir y ya no está él para recordarnos de qué está hecho el amor. Probablemente, esto sea una despedida sin sentido, porque las palabras se las ha llevado consigo y se niegan a funcionar sin él. En nuestra mano queda que confíen en nosotros, que aprendamos de las que dejó Robe y que nuestros hijos puedan escucharlas en la parte de atrás del coche. Como hemos hecho nosotros. Gracias, maestro. Ojalá no te tuvieses que haber ido nunca.
Imagen destacada: Robe.es


