En Why Not Magazine hablamos con Estrella Alonso, escritora de ‘La verja roja’, su debut literario. En ella, se adentra en la memoria individual y colectiva a través de una protagonista que busca entender de dónde viene.
Hay novelas que avanzan hacia el pasado para entender el presente. En ‘La verja roja’, Estrella Alonso acompaña a Begoña, una joven que llega a Madrid convencida de que está inaugurando una etapa nueva, pero que pronto descubre que ninguna vida comienza realmente desde cero. Entre silencios, recuerdos fragmentados y preguntas que nadie parece dispuesto a responder, emprende una búsqueda que la llevará mucho más lejos de lo que imaginaba: hasta los pliegues ocultos de su propia historia.
Con una escritura llena de sensibilidad y una mirada que entrelaza lo íntimo con lo colectivo, la actriz y escritora explora cómo las experiencias de generaciones anteriores siguen resonando en quienes vienen después. La memoria, la construcción de la identidad y la necesidad de encontrar una voz propia atraviesan una trama que dialoga con la historia de España sin renunciar a la emoción.
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Entrevista a Estrella Alonso
Why Not Magazine: El 11 de marzo aterrizabas en librerías con ‘La verja roja’, tu primera novela. ¿Cómo has vivido y estás viviendo las primeras veces de publicar un libro?
Estrella Alonso: Hay una parte muy emocionante y divertida, llena de curiosidad, y al mismo tiempo una que no puede dejar de sentir ese famoso síndrome del impostor. También es muy impactante ver que algo que escribiste en un verano, por las mañanas, antes de ir a trabajar, ahora ya es del mundo. Pero, en general, está siendo emocionante.
WN: En realidad, esa faceta literaria siempre ha estado ahí, acompañada por tu colaboración con editoriales y agencias y por el teatro, tu otra pasión. ¿En qué momento das el paso y te animas a escribir narrativa?
EA: En realidad, esta novela nació como una obra de teatro sobre Eleuterio Sánchez, la Transición y la memoria, tanto familiar como colectiva. Cuando María Fasce, de Lumen, fue a verla, me animó a dar el paso: “Tú eres escritora, tienes que escribir”, recuerdo que me dijo; ella sabía que había una novela en esta historia.
A partir de entonces exploré distintos caminos, estilos y registros hasta encontrar la forma adecuada. Primero escribí una versión que no funcionaba, aunque conservaba la figura de Eleuterio. Después elaboré una escaleta más definida: decidí que estaría narrada en tercera persona, con una protagonista concreta y una compañera de piso.
WN: ¿Qué te ha dado el teatro a la escritura, y viceversa?
EA: Lo que más me interesa del teatro es la oralidad y la acción. Me gusta especialmente escribir obras más evocadoras, a menudo con un solo personaje, porque me permiten explorar la fuerza del lenguaje y, además, adaptarse a las limitaciones de producción que suelen existir fuera de las grandes compañías. En el teatro, hacer mucho con poco es un reto estimulante: me divierte descubrir cómo la palabra puede evocar espacios, experiencias y mundos enteros.
La novela, en cambio, ofrece una libertad absoluta, con un presupuesto ilimitado para mover a los personajes por cualquier lugar, tiempo o situación imaginable. Para mí, se trata de aprovechar las posibilidades poéticas de ambos géneros y encontrar la mejor manera de hacer que funcionen.
WN: De esta simbiosis nace ‘La verja roja’. En él, recorres la libertad de Begoña a la vez que es atada y perseguida por un fantasma y un pasado que pesa. ¿Cómo nace su historia?
EA: Me fijé en la figura de Eleuterio Sánchez después de conocerla a través de un documental de Carlos Moro. Más allá de sus aventuras, de su resiliencia y de su negativa a rendirse, lo que realmente me llamó la atención de él fue esa diferencia entre Eleuterio Sánchez, la persona real, y El Lute, el personaje construido por la prensa y la policía. Esa distinción me llevó a reflexionar sobre cómo construimos imágenes de los demás y cómo esas narrativas terminan sustituyendo a las personas reales. Es algo que ocurre con las figuras públicas, pero también en el ámbito más íntimo.
En el libro, Begoña va descubriendo poco a poco quiénes fueron realmente su abuelo y su madre, y comprende que, igual que ocurrió con El Lute, los recuerdos y las versiones que conservamos de quienes nos rodean son a menudo construcciones e invenciones que transforman a las personas en personajes.
WN: Begoña es un personaje muy poliédrico: tiene su fachada, pero al escarbar, descubres su verdadera personalidad. Es complejo, pero ¿qué mapa emocional trazarías de ella?
EA: Para mí, Begoña comienza la historia dominada por el miedo. Es una joven de 18 años, muy retraída, que intenta pasar desapercibida y que, a diferencia de su compañera de piso, Rita, evita llamar la atención. Poco a poco comprende que arrastra demasiados vacíos e incógnitas sobre su pasado y su familia, y que solo enfrentándose a esas preguntas podrá avanzar realmente y comenzar su propio camino hacia la madurez.
WN: Justo acabas de mencionarla: Rita. ¿Qué le da ella a Begoña?
EA: Rita es el contrapunto de Begoña. Aunque no es Madrid, llega a la ciudad convencida de que viene de “la capital del mundo” y con unas enormes ganas de comerse la vida. Detrás de esa actitud hay una realidad familiar más inestable y hostil de lo que parece, pero ella se presenta como alguien sin miedo, o al menos da esa impresión.
En cierto modo, también ha construido un personaje de sí misma, porque a veces las personas reinventamos nuestro pasado e identidad para proyectar una imagen determinada o para encontrar la fuerza necesaria para seguir adelante. Además, su energía resulta fundamental para Begoña, porque la empuja a salir al mundo exterior y le demuestra que dicho mundo no es tan aterrador como ella imaginaba.
WN: En la novela, mezclas lo íntimo de la protagonista con una mirada más política. ¿Qué buscabas explorar a través de este cruce de enfoques?
EA: El viaje de Begoña guarda un paralelismo con nuestra historia colectiva. Igual que ella no puede empezar a crecer hasta resolver las incógnitas y los vacíos de su pasado, creo que como sociedad también necesitamos afrontar una verdadera labor de memoria histórica: es importante conocer y enseñar ese pasado en toda su complejidad, especialmente algunos aspectos de la Transición que a menudo han quedado simplificados por relatos muy individualistas.
Aunque muchos acuerdos se cerraron en los despachos, aquellos cambios también fueron posibles gracias a la movilización y al impulso de numerosos movimientos sociales que actuaron desde la calle. Tengo la sensación de que es difícil construir una democracia plenamente madura y avanzar como sociedad sin haber realizado antes ese ejercicio de comprensión y memoria compartida.
WN: Hablas de silencios y vacíos que nunca se llenarán. Escribes: “A Begoña no le parece que olvidar sea un acto voluntario”. ¿Hay heridas que siempre permanecerán abiertas?
EA: Que una herida esté abierta no significa que esté infectada, o en mal estado. Creo que mantener una conversación abierta sobre el pasado no significa vivir anclados al dolor; al contrario, significa conservar la memoria y seguir reflexionando sobre lo ocurrido. Por eso me cuesta aceptar la idea de que hablar del pasado sea perjudicial o que el llamado “pacto del olvido” pueda entenderse como una solución real.
Olvidar no es una decisión que pueda tomarse de forma voluntaria y definitiva; la memoria y las experiencias forman parte de nosotros. De hecho, cuando intentamos ignorar algo doloroso sin afrontarlo, ese dolor suele reaparecer de una u otra manera. Recordar y comprender lo vivido es precisamente lo que permite seguir avanzando, tanto a nivel individual como colectivo.
WN: ¿Crees entonces que las nuevas generaciones entendemos y vemos ese pasado histórico de una forma diferente al resto?
EA: Puede ser. A veces me pregunto si estas cuestiones tienen más que ver con la clase social, el capital cultural y el acceso a la información que con una diferencia puramente generacional. Puedes tener 20, 50 o 70 años y, si no has tenido la oportunidad de desarrollar una mirada crítica o de acceder a determinados recursos, es fácil quedarse en discursos simples y tranquilizadores que ofrecen respuestas aparentes.
Cuando no conoces otras perspectivas o cuando ciertos relatos son tan poderosos que terminan absorbiéndolo todo, la experiencia personal o familiar no siempre basta para construir una visión más completa. Además, muchas veces esas historias ni siquiera se transmiten: hay padres, madres o abuelos que no cuentan lo que vivieron, y esos silencios también condicionan la forma en que entendemos el pasado.
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WN: ¿La literatura tiene un papel activo en este debate?
EA: Me gusta pensar que cada persona aporta lo que puede con las herramientas que tiene. En mi caso, ha sido escribir esta novela, mientras que otras personas participan a través del activismo, la militancia o simplemente generando conversaciones en distintos espacios. Más allá de contar una historia que resulte bella, emocionante y disfrutable, me interesa que la literatura pueda decir algo sobre el mundo y añadir nuevas capas de significado. Por eso, para mí, esta novela ha sido también un ejercicio de memoria personal. Aunque sea ficción, sus cimientos están en la historia de mi familia y en la figura real de Eleuterio.
WN: Por otro lado, la madre y las abuelas tienen una presencia muy fuerte, aunque a veces marcada por el silencio. ¿Cómo construiste esos personajes desde lo que no se dice?
EA: Cuando empecé a escribir sobre Eleuterio, hablé mucho con mi abuela y con mi tía para intentar reconstruir recuerdos y comprender mejor aquella época. Fue entonces cuando me di cuenta de que, como ocurre en muchas familias, ellas tenían muy presentes ciertas historias y anécdotas que se repiten una y otra vez, pero les interesaban menos las preguntas que yo hacía sobre detalles más íntimos o aspectos menos conocidos. Creo que todas las familias conservan un pequeño repertorio de relatos que terminan definiendo la memoria de una persona, mientras que otras partes de su vida quedan difuminadas o desaparecen.
A veces una intenta indagar más, por curiosidad o por comprender mejor a quienes nos precedieron, pero descubre que hay cosas que no se recuerdan, que nunca se consideraron importantes o que simplemente no se compartieron. Eso es precisamente lo que me interesaba a través de la figura de El Lute: que no todos los vacíos esconden un secreto. En ocasiones, un hueco es simplemente eso, un hueco, y aceptar esa ausencia también forma parte de la memoria.
WN: Madrid también es un personaje destacado en la historia. ¿Qué representa la ciudad para la protagonista en este momento de autodescubrimiento que atraviesa?
EA: En este momento en el que Begoña empieza a hacerse adulta, su relación con Madrid está muy marcada por su historia personal. Crece en Moratalaz con su padre y su madre, pero tras la muerte de ella, el padre atraviesa un momento muy difícil y acaban marchándose a la sierra, a El Espinar (Segovia). No es una persona que haya vivido el centro de Madrid ni que haya tenido demasiado tiempo para explorar la ciudad, así que su vínculo con ella es más limitado de lo que podría parecer. Aun así, Madrid le resulta una ciudad con una escala intermedia: lo suficientemente grande como para imponer cierto respeto, pero también manejable.
Además, es un espacio muy ligado a la historia familiar y a Eleuterio, por lo que su carácter puede volverse más o menos acogedor en función del momento vital de la protagonista y de lo que la propia historia necesite en cada etapa.
WN: ¿Qué poso de aprendizaje dejas a tus lectores?
EA: A veces buscamos, buscamos y buscamos y no hay nada grandioso como en las películas. Y hay que aprender a vivir con eso.
WN: Y tú, ¿con cuál te quedas?
EA: Hay que saber hacer las preguntas adecuadas y tratar a las personas con la atención y el respeto necesario para contar sus historias. Que puedes hacerlo, puedes contar la historia de quien tú quieras, pero dirigiendo la mirada hacia el respeto, la amabilidad y también hacia la crítica.
WN: Para terminar, ¿qué simboliza para ti la verja roja?
EA: Para mí, la verja funciona como un umbral, como una puerta que separa dos lados. Si está cerrada o no tienes la llave, solo puedes vislumbrar lo que hay al otro lado, ver fragmentos de algo que no terminas de alcanzar. Hasta que no aparece la llave —o hasta que no eres capaz de abrirla tú misma—, ese otro lado permanece incompleto, parcialmente oculto. En ese sentido, el trabajo consiste en intentar encontrar esa llave o en atreverte a abrir esa puerta.
Imagen destacada: Estrella Alonso – Cedida por Espasa

